El gran juego

Ayer se celebraron las primeras elecciones parlamentarias en Sri Lanka desde que finalizó la guerra civil el año pasado. Aunque todavía no se conocen los resultados definitivos, caben pocas dudas de que el vencedor será el Partido de la Liberación de Sri Lanka (PLSL), liderado por el presidente Mahinda Rajapaksa, que en enero vio revalidado en las elecciones presidenciales el mandato que obtuvo en 2005.

El presidente de Sri Lanka, Mahinda Rajapaksa, saludando a los asistentes a un mitin electoral en la península de Jaffna, región de mayoría tamil, el 1 de abril (AP Photo/Eranga Jayawardena).

La incógnita de estas elecciones radica en si el PLSL ha obtenido una mayoría parlamentaria (dos tercios de los escaños) suficiente para modificar la Constitución y afianzar el poder del presidente . Desde que asumió su cargo, Mahinda Rajapaksa se ha caracterizado por el autoritarismo, un marcado nacionalismo cingalés, la inflexibilidad con los separatistas tamiles y un nepotismo que le ha llevado a nombrar ministros a dos de sus hermanos.

Rajapaksa ya ha puesto fuera de la circulación a su principal rival en la oposición, el general retirado Sareth Fonseka que compitió contra él en las elecciones presidenciales de enero. Fonseka fue arrestado a principios de febrero acusado de planear un golpe de estado. Fonseka fue el comandante en jefe del ejército durante la ofensiva final contra los Tigres Tamiles de 2008 y 2009, tras la cual renunció a su puesto y se granjeó la enemistad del presidente por sus constantes críticas  al gobierno.

La prensa también ha sufrido la persecución del gobierno y sus partidarios. Los periodistas disidentes son encarcelados a menudo e incluso asesinados impunemente por grupos armados. El asesinato más famoso es el de Lasantha Wickrematunge, un periodista muy crítico con la política del gobierno contra los tamiles que fue abatido a tiros en Colombo en enero de 2009. Antes de morir, Wickrematunge dejó escrito un artículo, publicado póstumamente, en el que anunciaba su muerte y culpaba a Rajapaksa de la misma.

Estas elecciones determinarán el mapa político de Sri Lanka tras el fin de una guerra civil que ha durado más de veinticinco años. Los casi dos millones de tamiles que viven en Sri Lanka tienen razones para estar preocupados ante el futuro: políticamente divididos y sin un partido fuerte que les represente, la vaga retórica de unidad nacional del presidente no suena muy tranquilizadora teniendo en cuenta sus políticas. De hecho, la mayoría de exiliados y refugiados que están en países como India todavía no están dipuestos a volver a su país.

El  fin de la guerra comenzó en  2008, cuando el ejército de Sri Lanka lanzó la gran ofensiva final para acabar con los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (TLET, conocidos como Tigres Tamiles) y recuperar los territorios que esa organización controlaba desde finales de los noventa. Tras varios meses de duros combates, en mayo de 2009 el gobierno difundió imágenes del cadáver de su líder, el comandante Vellupilai Prabhakaran , y el presidente Rajapaksa declaró la victoria del ejército ceilanés.

Cingaleses y tamiles: un viejo conflicto interétnico

La guerra entre el gobierno ceilanés y los Tigres Tamiles es la culminación de un conflicto interétnico mucho más antiguo, cuyos orígenes se remontan a la época en que Ceilán era una colonia británica. La minoría tamil, de religión hindú, habita en las regiones septentrionales de la isla desde tiempos inmemoriales y siempre había convivido pacíficamente con la mayoría budista cingalesa.

Cuando llegaron los británicos en 1815, llevaron con ellos a otros tamiles procedentes del sur de la India para que trabajaran en las plantaciones. Aplicando su política de “divide y vencerás”, el gobierno colonial británico empleó a los tamiles en el funcionariado y los puestos de gobierno, marginando a la mayoría cingalesa y creando una élite tamil en todo el país, también en las regiones tradicionalmente gobernadas por nobles cingaleses. Como consecuencia de ello, cuando en 1948 Gran Bretaña concedió la independencia a Ceilán, se había generado cierto resentimiento de la población cingalesa mayoritaria (aproximadamente un 70 por ciento de habitantes) hacia los tamiles (alrededor del 20 por ciento).

Los políticos aprovecharon ese resentimiento para captar a sus electores cingaleses y pronto comenzaron a aprobar leyes pro-cingalesas que marginaban a la minoría tamil. Esas leyes solían provocar protestas de los tamiles que eran reprimidas violentamente por la policía y por muchedumbres de ultranacionalistas cingaleses. Una espiral de violencia  como ésa desembocó en 1958 en una serie pogromos anti-tamiles por todo el país en los que murieron miles de personas.

La isla se deslizó por una pendiente de violencia y represión que fue arrinconando cada vez más a la población tamil y limitando sus opciones políticas. En 1975 fue creada la organización militar de los Tigres de Liberación del Eelam Tamil, cuyo objetivo era un estado tamil independiente en el norte del país. Los Tigres Tamiles no eran el único grupo armado pero pronto se convirtieron en el único asesinando a los líderes de otras organizaciones o absorbiéndolas. En 1982 comenzó realmente la guerra con el gobierno y en 1987 los Tigres Tamiles empezaron a ejecutar atentados suicidas. De ese modo asesinaron al primer ministro indio Rajiv Ghandi en 1991, lo que les hizo perder el apoyo popular de los tamiles del sur de la india.

Cuando lograron dominar su propia región a finales de los noventa, los Tigres crearon una especie de estado propio en el que emprendieron su propia campaña de limpieza étnica contra los musulmanes e impusieron un régimen militar a su propio pueblo en el que cualquier tipo de oposición era duramente reprimida.

La guerra se prolongó durante años sin que ningún bando tuviera una clara ventaja. En 2002 el gobierno y el TLET firmaron un alto el fuego en Suecia que prontó quedó en tinta mojada, mucho antes de que el gobierno anunciara oficialmente en enero de 2008 que lo daba por concluido. En 2004, el segundo hombre fuerte de lo Tigres Tamiles, Vinayagamoorthy Muralitharan (famoso por reclutar a niños soldados, práctica común entre los Tigres Tamiles) abandonó el TLET, creó su propia organización y cambió de bando. Muchos creen que la victoria del gobierno le debe bastante a la información y los hombres que aportó Muralitharan, que en la actualidad detenta el cargo de ministro de Integración y Reconciliación  Nacional.

La ofensiva final y la posguerra

Se calcula que durante la última fase de la guerra murieron más de veinte mil civiles, e incluso un funcionario de la ONU habla de cuarenta mil, la mayoría de ellos víctimas de los bombardeos indiscriminados del ejército ceilanés. En una guerra especialmente sucia, los Tigres Tamiles utilizaron a civiles como escudos humanos y dispararon contra otros cuando huían y el ejército bombardeó hospitales e instalaciones sanitarias al menos en treinta ocasiones.

También hay pruebas de que el ejército realizó ejecuciones extrajudiciales de prisioneros de guerra. La más concluyente es un video que muestra como unos soldados asesinan a un hombre de un tiro en la cabeza. El gobierno ceilanés sostiene que el video es falso, pero Philip Alston, el relator Especial sobre ejecuciones extrajudiciales de la ONU confirmó en enero  que el video era auténtico. Además, el mismo general Fonseka ha afirmado que el ejército disparó a algunos tigres tamiles  cuando se estaban entregando.

Cabe la posibilidad de que algunas de las armas utilizadas en la ofensiva final sean españolas: en 2008 España vendió a Sri Lanka bombas torpedos, cohetes y misiles por valor de 3,9 millones de euros [pdf]. Unas ventas que, tal y como hemos señalado recientemente en Periodismo Humano, continuaron efectuándose durante el primer semestre del año pasado.

Tras el fin de la guerra, unos trescientos mil tamiles que vivían en zonas antes controladas por el TLET fueron encerrados en lo que el gobierno denominó “campos de bienestar”, en realidad auténticos campos de concentración con capacidad para albergar a la mitad de personas. Según el gobierno, la finalidad de los campos es proteger a la población civil mientras el ejército despeja de minas la zona de guerra y localizar a los miembros y simpatizantes de los Tigres Tamiles para internarlos en campos de reeducación.

Refugiados tamiles hacen cola para ser sometidos a un registro antes de ser liberados de un campo de internamiento el pasado 22 de octubre (AP Photo/Eranga Jayawardena).

La información disponible sobre esos campos, parcialmente financiados por la ONU, es escasa debido a las restricciones impuestas por el gobierno ceilanés, pero es evidente que las condiciones son espantosas , tal y como muestra un video difundido por Channel Four. Según algunos testimonios, algunos guardias violaban frecuentemente a las mujeres y algunas organizaciones de ayuda internacional llegaron a afirmar el pasado mes de julio que en elllos morían unas 1.400 personas cada semana.

El gobierno prometió liberar a la mayor parte de los refugiados a finales del año pasado, pero no ha cumplido su promesa. En la actualidad, siguen confinadas en los campos unas 75.000 personas, el 25 por ciento de los internados. El lunes el gobierno puso en libertad a los primeros Tigres Tamiles que había mantenido estos meses en campos de reeducación y ha anunciado que en mayo liberará  a los 510 niños soldado encerrados durante un año en centros de reinserción.

Teniendio en cuenta estos hechos muchas personas se preguntan si no cabe calificar de genocidio a lo que ha venido sucediendo en Sri Lanka en los dos últimos años. Entre quienes se plantean esa pregunta se encuentra Martin Shaw, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Sussex.

En cualquier caso, no parece que la llamada comunidad internacional vaya a hacer gran cosa al respecto. Ban Ki-moon, que cuando visitó los campos dijo que la cifra de bajas civiles durante la guerra había sido “inaceptablemente alta” (como si pudiera haber una cifra de muertos “aceptable”), no ha hecho más que proponer la creación de un equipo  de asesores que estudie la mejor manera “determinar las responsabilidades” de los crímenes de guerra. Por su parte, el FMI concedió el pasado  mes de julio un préstamo de dos mil quinientos millones de dólares al gobierno de Sri Lanka para reconstruir el país. Frente a esta pasividad, el Foro Global Tamil ha organizado un boicot de productos ceilaneses para que los ciudadanos de todo el mundo presionen al gobierno ceilanés y a la comunidad internacional.

El presidente Rajapaksa ha proclamado que tras el fin de la guerra civil comienza otra “nueva guerra” en el “frente del desarrollo”, lo que incluye la construcción de grandes infraestructuras, entres ellas cinco grandes puertos y un nuevo aeropuerto internacional que, según Rajapaksa, podrían dar empleo a tres millones de trabajadores.

Gran parte de las esperanzas de desarrollo económico se han depositado en el turismo, algo de lo que se han hecho eco algunos medios internacionales. El pasado mes de enero, el New York Times recomendaba Sri Lanka como el destino turístico número uno de 2010 por sus playas paradisíacas, su naturaleza exuberante y su enorme riqueza cultural. Por ejemplo, el periódico estadounidense elogiaba los elegantes hoteles de Galle, una zona costera devastada por el tsunami de 2004, pero olvidaba mencionar que, como contaba Naomi Klein en el capítulo 19 de La doctrina del Shock, muchos de esos hoteles se construyeron expulsando de sus hogares a pescadores que habían vivido allí desde hacía generaciones [pdf].

Tras el desastre del tsunami, el gobierno de Sri Lanka trató de aprovechar la ocasión para construir una industria turística a gran escala, pero se lo impidió un obstáculo enorme: la guerra. Es probable que ahora que se ha acabado la guerra Sri Lanka se convierta en un “paraíso turístico”. Pero no hay que olvidar que tras ese “paraíso” se ocultan unos graves conflictos sociales e interétnicos que la fuerza de las armas no ha logrado resolver.