El gran juego

Hace un par de semanas se celebró en Washington la cumbre de seguridad nuclear convocada por Estados Unidos. En ella participaron cuarenta y siete países y cuando tocó a su fin Barack Obama proclamó, como no podía ser de otro modo, que había sido un gran éxito y que ahora “Estados Unidos y el mundo están más seguros”, sobre todo debido al compromiso que asumieron todos los asistentes de incrementar la seguridad de su material nuclear.

Barack Obama recibe al presidente de China, Hu Jintao, durante la cumbre de seguridad nuclear de Washington el 12 de abril (AP Photo/Charles Dharapak).

La cumbre de Washington estuvo envuelta en cierta polémica debido a dos grandes ausencias: la de Irán, país firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), que no posee armas nucleares y que no fue invitado (tampoco Siria y Corea del Norte), y la de Israel, país que nunca ha firmado el tratado, que posee armamento nuclear y que sí fue invitado, pero que decidió cancelar su viaje a Washington casi en el último momento.

En cierto modo, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu le hizo un favor a Obama al no acudir a la cumbre, ya que le ha ahorrado el inconveniente de tener que recurrir a complejos subterfugios para no abordar el molesto tema del arsenal nuclear israelí, una peliaguda cuestión que Estados Unidos trata de evitar a toda costa y que podría haber distraído la atención de los dos principales temas de la cumbre: el terrorismo nuclear e Irán.

La amenaza del terrorismo nuclear

Oficialmente, éste era el principal tema de debate de la cumbre. Ya en la llamada Revisión de la Postura Nuclear [pdf] adoptada por el gobierno estadounidense a principios de este mes, Obama afirmaba categóricamente que “el peligro más inmediato y extremo en la actualidad es el terrorismo nuclear” y que “al-Qaeda y sus aliados extremistas están tratando de conseguir armas nucleares”.

¿Está sobredimensionando el gobierno estadounidense la amenaza del terrorismo nuclear? Según Henry Sokolski, miembro de una comisión del Congreso estadounidense que se ocupa de evitar la proliferación de armas de destrucción masiva y el terrorismo, no existe ninguna información de que haya alguna organización terrorista intentando obtener tecnología nuclear. Tampoco  existen pruebas mínimamente sólidas de que al-Qaeda lo haya intentado seriamente, aunque sí hay indicios claros de que no lo ha hecho. Por ejemplo, en un ordenador portátil incautado en 2004 en Pakistán se halló un memorándum en el que se aconsejaba: “Haced uso de los medios disponibles […] en lugar de perder un tiempo valioso desanimándoos por lo que no está a vuestro alcance”.

En realidad, un ataque nuclear terrorista es extremadamente improbable [pdf]. Como demostró el profesor de la Universidad de Ohio John Mueller en un informe [pdf] elaborado el año pasado para la Comisión Internacional para la No Proliferación y el Desarme Nuclear (ICNND), los obstáculos que tendría que superar una organización terrorista para fabricar o robar una bomba nuclear y después detonarla son prácticamente imposibles de salvar.

La exageración del peligro del terrorismo nuclear es sólo una parte de la exageración de la amenaza terrorista en general, una amenaza que ya ha servido como coartada al gobierno estadounidense para emprender dos guerras y llevar a cabo acciones cuya legalidad es más que dudosa.

El programa nuclear iraní

El otro gran tema de la cumbre de Washington era el programa nuclear iraní. Estados Unidos mantuvo reuniones bilaterales con los diferentes países asistentes para que respaldaran en la ONU su propuesta de endurecer las sanciones contra la República Islámica. El momento culminante llegó cuando China afirmó que estaba dispuesta a debatir la cuestión. Muchos titulares afirmaron que China accedió a presionar a Irán, pero lo cierto es que China, un importante socio comercial de Irán, sólo se ha mostrado dispuesta a hablar del tema. También ha afirmado que las sanciones no son la solución y que, en todo caso, éstas no deberían afectar a la población. Además, es muy probable que China sólo esté tratando de ganar tiempo.

No importa cuántas veces asegure Irán que sólo quiere desarrollar energía nuclear para uso civil, ni que no haya ninguna prueba concluyente de que miente. Tampoco importa que Mahmud Ahmadineyad haya ofrecido a Obama  entablar nuevas relaciones. Importa menos aún que el arsenal nuclear israelí sea una realidad y el iraní, en el peor de los casos, una mera posibilidad en un futuro más bien lejano. Pese a que Irán no ha atacado ningún país en su historia reciente y su capacidad militar es mínima frente a la de la mayor potencia del mundo, Estados Unidos sigue empeñado en presentarlo como una grave amenaza, tal y como muestra un “oportuno” informe que Robert Gates envió recientemente a Obama, avisándole de que aún no se ha diseñado una estrategia eficaz para hacer frente a una situación hipotética en la que Irán hubiera adquirido armas nucleares.

Mientras tanto, y como contrapunto a la cumbre de Estados Unidos, Irán convocó otra esta semana. Bajo el lema “Energía nuclear para todos, armas nucleares para nadie”, la cumbre de desarme iraní ha recibido mucha menos atención de los medios de comunicación que la estadounidense, pese a que en ella han participado más países, sesenta en total (si bien enviaron a diplomáticos de menor rango).

En Teherán sí se habló del arsenal atómico de Israel, a quien se instó a firmar el TNP. También se pidió a los países firmantes del mismo que disponen de armamento nuclear que se desarmen, algo a lo que en teoría están obligados. Además, el ministro de Asuntos Exteriores iraní anunció que su país está dispuesto a volver a negociar el posible enriquecimiento de uranio iraní en algún país extranjero, una idea de Estados Unidos que ya se había debatido el año pasado sin que se llegara a alcanzar un acuerdo. Todo ello parece bastante razonable.

El desarme nuclear de Obama

El tono triunfalista de la cumbre de Washington ya se había venido preparando desde hacía algunas semanas con la adopción de dos medidas anunciadas a bombo y platillo por la administración Obama. En primer lugar, la firma de un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia para reducir su arsenal nuclear. Según ese acuerdo, ambas partes se comprometen a reducir en un plazo de siete años el número de cabezas nucleares desplegadas a “sólo” unas mil quinientas.

Naturalmente, muchos han calificado el acuerdo de avance “histórico” hacia la desnuclearización, a pesar de que, como señala el analista Tony Karon, deja operativas suficientes cabezas nucleares como para destruir el mundo unas cuantas veces. Además, Obama tiene previsto aumentar el gasto en armamento nuclear en más de cinco mil millones de dólares a lo largo de los próximos cinco años y en seiscientos millones sólo el año que viene, poniendo fin al decrecimiento constante de dicho gasto en los últimos seis años.

El otro gran “avance” de Obama es la nueva política de uso de armamento nuclear, que limita los casos en que Estados Unidos está dispuesto a usar su arsenal nuclear. Según esta nueva política, Estados Unidos “ni usará ni amenazará con usar sus armas nucleares contra estados sin armamento nuclear que hayan firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear y cumplan con sus obligaciones de no proliferación nuclear”.

Por tanto, Estados Unidos se reserva el derecho a atacar a cualquier estado que disponga de armamento nuclear o que según él no cumpla con las obligaciones que le impone el tratado. Es decir, como señala Stephen M. Walt, Irán y Corea del Norte. Si de lo que se trata es de evitar que Irán construya su propia bomba atómica, no parece muy buena idea amenazarle con un ataque nuclear cuando no la tiene ni se ha demostrado que trate de conseguirla. Más bien supone un incentivo para construirla, ya que cualquier político iraní podría pensar que, si de todas formas pende sobre él la amenaza de un ataque nuclear, quizá esté más seguro si dispone de la bomba con fines disuasorios.

Un tratado desigual

En realidad, ambas cumbres no son más que rondas previas de negociación antes de la conferencia de revisión del TNP, que se va a celebrar el mes que viene en Nueva York. La conferencia, que se ha venido convocando cada cinco años desde la entrada en vigor del tratado [pdf] en 1970, se celebra en un momento especialmente delicado en el que la vigencia del TNP se encuentra en entredicho debido al doble rasero de la comunidad internacional y a la enorme diferencia en las exigencias que se imponen a los países con armamento nuclear y a los que no lo poseen.

El propósito declarado del TNP, firmado en plena guerra fría ante la aterradora posibilidad de un holocausto nuclear, era detener la carrera nuclear entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, y los demás países firmantes que poseían la bomba (Francia, Reino Unido y después China), allanar el camino a un futuro desarme y evitar que adquirieran armamento nuclear otros países. Para ello, el tratado distinguía entre países que ya disponían de la bomba y países que no disponían de ella. En la actualidad, los primeros coinciden con los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Los otros tres países que poseen la bomba (India, Pakistán e Israel) nunca lo han firmado y Corea del Norte lo firmó y se retiró en 2003, supuestamente para iniciar su propio programa nuclear.

El TNP prohíbe adquirir o desarrollar armamento nuclear a los países firmantes que no dispongan del mismo en el momento de firmar. Los países que sí posean armamento simplemente se comprometen a tratar de desarmarse, sin un plazo definido. Evidentemente, el tratado es mucho más exigente con los países que no cuentan con la bomba atómica que con los que sí la poseen. Por esa razón se introdujo una cláusula por la que los países con tecnología nuclear civil se comprometían a facilitar su desarrollo a los países que no la tuvieran. Pero esa cláusula se ha cumplido en muy raras ocasiones.

Si Estados Unidos, el único país que ha lanzado la bomba atómica, y otras potencias nucleares estuvieran tan dispuestos a cumplir con las obligaciones del tratado como a denunciar los presuntos incumplimientos de otros estados, ayudarían a Irán a desarrollar su programa de energía nuclear civil. Pero quizá el TNP no sea más que el instrumento de algunas de esas potencias nucleares para asegurar su dominio. Veinte años después del final de la guerra fría, la era nuclear sigue estando muy lejos de pasar a la historia, como puso de manifiesto ayer en Tallin el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, cuando declaró que “la presencia de armas nucleares de Estados Unidos en Europa es esencial”.