El gran juego

Esta semana el gobierno tailandés ha puesto fin a las protestas que han paralizado el barrio comercial de Bangkok durante los dos últimos meses. El miércoles, el ejército lanzó su ofensiva final contra los camisas rojas, en la que murieron al menos seis personas, entre ellas un fotógrafo de prensa italiano, y los seis líderes del Frente Unido a Favor de la Democracia y contra la Dictadura (UDD) que quedaban en la “ciudad roja” se entregaron a las autoridades y pidieron a los manifestantes que se rindieran y volvieran a sus casas.

Un opositor al gobierno combate al ejército tailandés tras una barricada el 16 de mayo en Bangkok (AP Photo/Sakchai Lalit).

La mayoría de camisas rojas abandonaron la zona en pocos minutos. Muchos de ellos se refugiaron en el templo budista cercano que había albergado a numerosos ancianos y niños durante los últimos días. Pero algunos incendiaron más de veinte edificios, entre ellos la bolsa. Mientras tanto, grupos descontrolados incendiaron más de veinte edificios en Bangkok y otros prendieron fuego a los ayuntamientos de Udon Thani y Khon Kaen, en el noroeste del país, la región en la que los camisas rojas cuentan con más apoyos. Ante estos disturbios, el gobierno impuso el toque de queda en la capital y veintitrés provincias más.

Una semana después de que Tailandia entrase a formar parte del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, el ataque del miércoles supone la culminación de seis días de ofensiva militar contra el campamento de los camisas rojas. Seis días en los que han muerto 43 personas a manos del ejército, que se suman a los 25 muertos en los enfrentamientos del 10 de abril, además de casi dos mil heridos. Seis días en los que las tácticas del ejército tailandés han suscitado las críticas de Amnistía Internacional y en los que, según el diario británico The Times, el centro de Bangkok se parecía al Sarajevo de la guerra, con un ejército perfectamente equipado combatiendo contra unos manifestantes armados en su mayor parte con tirachinas, rudimentarios lanzacohetes y cócteles molotov.

En estas mismas fechas tenía lugar hace 18 años el famoso “mayo negro”, en el que murieron a manos del ejército 52 opositores al gobierno del general Suchinda Krapayoon. Un vistazo a los periódicos de la época muestra un sorprendente parecido con los enfrentamientos de estos últimos días, aunque el entonces líder de los manifestantes, Chamlong Srimuang, es ahora uno de los dirigentes de los camisas amarillas del PAD, opuesto a los camisas rojas y al ex primer ministro Thaksin Shinawatra.

Acusaciones contra los camisas rojas

El preludio de la ofensiva final contra los opositores fue el asesinato de Khattiya Sawatdiphol, alias Sah Daeng, el ex general del ejército que dirigía una organización paramilitar encargada de la seguridad de la “ciudad roja”. Una hora después de que el gobierno anunciara que iba a cortar el suministro de luz y agua y que se disponía a expulsar a los manifestantes, Seh Daeng recibió un disparo en la cabeza de un francotirador en el momento en el que concedía una entrevista a Thomas Fuller, el corresponsal del New York Times en Bangkok. Moriría cinco días después en un hospital. Según Fuller, sus últimas palabras fueron “el ejército no puede entrar aquí”.

Seh Daeng era uno de los líderes más famosos y extravagantes de los camisas rojas. Autor de varios libros en los que contaba sus aventuras en operaciones de contrainsurgencia contra las guerrillas comunistas y en la guerra secreta de la CIA en Laos y Camboya durante los años setenta y partidario acérrimo de Thaksin Shinawatra, en los últimos años había caído en desgracia en el ejército hasta el punto de que, poco antes de ser expulsado, se le relegó a la tarea de entrenador de aerobic para promover el ejercicio en parques públicos.

Khattiya Sawasdiphol, alias "Seh Daeng", el pasado 13 de mayo, antes de ser abatido por el disparo de un francotirador en la cabeza (AP Photo/Thanyarat Dokesone).

El ex general era el dirigente del sector más duro de los camisas rojas, un movimiento sumamente complejo, heterogéneo e incluso contradictorio al que están vinculados desde grupúsculos fascistoides como el de Daeng hasta republicanos trotskistas. Pese a que las protestas han sido pacíficas en su mayor parte, son las acciones de esos grupúsculos las que han proporcionado cierta verosimilitud a las imputaciones del gobierno de que hay “terroristas” infiltrados entre los manifestantes. De hecho, el gobierno ha acusado a nueve dirigentes del UDD del delito de terrorismo, castigado con la pena capital, y de haber violado el estado de emergencia decretado en abril.

La otra gran acusación contra los camisas rojas, aparte de la de injurias al rey, es la de ser meros títeres a sueldo de Thaksin Shinawatra. A los pocos días del comienzo de las protestas, se difundió un video, grabado en la ciudad de Nakhon Phanom, en el que se ve a camisas rojas entregando dinero a la gente del lugar para cubrir los gastos del viaje y la estancia durante las protestas en Bangkok. Según el gobierno, hace unos meses algunos líderes del UDD recibieron grandes sumas de dinero procedentes del extranjero (supuestamente de Thaksin).

Como señala el politólogo tailandés Thitinan Pongsudhirak, “en vista la estrecha relación que han mantenido Thaksin y los dirigentes del UDD desde el principio, sería sorprendente que Thaksin no aportara fondos”. Pero las bases de los rojos cada vez están recaudando más dinero. “Para concretar la cifra que procede del bolsillo de Thaksin habría que aportar pruebas. Una gran parte, sino la mayor, de su fortuna familiar ha sido confiscada o se encuentra en un limbo legal”. El politólogo y activista Giles Ungpakorn parece compartir la opinión de Pongsudhirak, como señaló en abril en una entrevista concedida a Periodismohumano: “Nadie participa una y otra vez en manifestaciones desde finales de 2008 y permanece en las calles de Bangkok en marzo y abril de este año sólo porque le paguen. Lo cierto es que los camisas rojas pertenecen a comunidades organizadas espontáneamente en todo el país, y también en Bangkok”.

El fracaso de las negociaciones

El baño de sangre de esta semana se podría haber evitado si el gobierno y los camisas rojas hubieran sido capaces de negociar y llegar a un acuerdo. El 4 de mayo, el primer ministro Abhisit Vejjajiva propuso un plan de reconciliación que incluía el adelanto de las elecciones al 14 de noviembre a cambio de que los camisas rojas abandonaran las protestas.

El UDD aceptó la propuesta de Vejjajiva, pero poniendo sus propias condiciones. Por un lado pedían que se concretara la fecha de disolución del Parlamento (un asunto de crucial importancia, ya que según la constitución ha de producirse entre 45 y 60 días antes de las elecciones y está previsto que en septiembre el Parlamento apruebe los presupuestos del año que viene y nombre a los principales líderes de las fuerzas armadas). Por otro, dijeron que estaban dispuestos a enfrentarse en los tribunales a las acusaciones de terrorismo y lesa majestad, pero argumentaban que los responsables de los asesinatos de civiles del 10 de abril tampoco debían ser indultados y que el gobierno debía seguir adelante con los procesos contra el PAD por el cierre de los aeropuertos en 2008.

El primer ministro decidió retirar su oferta una semana después y declaró que el ejército expulsaría de su campamento a los camisas rojas por la fuerza. Muchos culpan del fracaso de las negociaciones al sector más duro de los opositores, e incluso al propio Thaksin Shinawatra, por haber impuesto nuevas condiciones. Entre los líderes del movimiento hay diferencias sobre la mejor estrategia a seguir: Seh Daeng calificó a los dirigentes del UDD de “idiotas cobardes” poco antes de recibir la bala que acabaría con su vida y, por otro lado, varios de los líderes más moderados abandonaron el campamento y el comité directivo del UDD, porque pensaban que debían haber aceptado la oferta del gobierno.

Otros sostienen que el gobierno propuso unas condiciones que sabía de antemano que los camisas rojas no podían aceptar con el propósito de justificar la ofensiva militar de esta semana. Y lo cierto es que fue el gobierno el que rechazó las propuestas de negociación posteriores. En primer lugar, sesenta y cuatro senadores se ofrecieron a mediar entre ambas partes y los camisas rojas aceptaron la oferta, pero el primer ministro declaró que no habría negociaciones hasta que los manifestantes no se dispersaran. Después, el UDD propuso la mediación de la ONU, una idea que apoyó el propio Thaksin Shinawatra desde el extranjero. El gobierno también rechazó esa oferta aduciendo que “ningún gobierno tailandés ha dejado nunca intervenir a nadie en nuestros asuntos internos”, olvidando la larga historia de injerencia extranjera en el país o episodios como las desastrosas imposiciones del FMI tras la crisis financiera del Sudeste Asiático de 1997.

En el “mayo negro” de 1992, el rey Bhumibol Adulyadej convocó al primer ministro, Suchinda Kraprayoon, y al líder de la oposición, Chamlong Srimuang, y les conminó a que resolvieran sus diferencias de forma pacífica. Su intervención, que en realidad no se produjo hasta tres días después de que comenzara el baño de sangre, puso fin al conflicto y condujo a un cambio de gobierno. En este “mayo negro” de 2010 el rey no ha intervenido, y cuando ha hablado públicamente ni siquiera ha mencionado las manifestaciones de los camisas rojas. El rey no sólo ha perdido gran parte del poder que tenía antaño, sino que ya no puede mantener la imagen de padre conciliador imparcial: pocos dudan de qué lado está la corona.

Al contrario que los disturbios del “mayo negro” de 1992, es más que probable que estos no supongan ni mucho menos el final de unos conflictos sociales mucho más profundos. Thaksin Shinawatra declaró el miércoles a la agencia Reuters que la represión militar podría conducir a la formación de guerrillas en todo el país y el International Crisis Group ya advirtió a finales de abril que los enfrentamientos entre el ejército y los camisas rojas podrían desembocar en una guerra civil. El uso de la fuerza por parte del gobierno no ha hecho más que agravar las fisuras que existen en la sociedad tailandesa y, como señala el especialista Duncan McCargo, la batalla de Bangkok probablemente no sea más que un mero ensayo de futuros enfrentamientos.

La crisis tailandesa en El gran juego:

“Pulso por el poder en las calles de Tailandia”, primera y segunda parte.

(4) Comentarios

  1. Estupendo post, Carlos. Leyendo otros medios veía los enfrentamientos sin terminar de entender los matices, sin conocer bien cómo se había llegado a esta situación. Gracias a tus análisis tengo una visión más cercana de países como Tailandia.

  2. Aldana

    Excelente análisis sobre la realidad de Tailandia.

    Te agradezco porque me sirvió enormemente para el ensayo que debo preparar para la universidad sobre el tema.

  3. [...] familia pasa en moto por el centro de Bangkok al levantarse el toque de queda tras el fin de las protestas reprimidas por el ejército [...]

  4. [...] meses en una de las cabezas más visibles de los camisas rojas. Después de que el Gobierno pusiera fin violentamente a las protestas el pasado mes de mayo, Sombat y su pequeño grupo “Domingo rojo” han organizado [...]

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