El gran juego

Siete años después del comienzo de la invasión de Irak y cuando falta un año y medio para que termine el plazo de retirada de las tropas, el ejército estadounidense ya ha empezado a hacer las maletas. Es más que probable que Estados Unidos mantenga una considerable presencia en el país durante varios años, aunque sus soldados no reciban el nombre de “tropas de combate”, y ya está organizando un “pequeño ejército” que asumirá la tarea de proteger a su cuerpo diplomático tras la retirada.

Soldados estadounidenses incineran basura en un puesto avanzado de la provincia de Diyala, en diciembre de 2007 (AP Photo/Marko Drobnjakovic).

En cualquier caso, la potencia ocupante ha evacuado a un número sustancial de tropas y ha desmantelado muchas de las bases que mantenía en el país. De las 500 bases y los 176.000 soldados que el ejército estadounidense había llegado a tener en Irak, ahora mismo quedan 130 bases y 85.000 soldados. El legado de una guerra que nunca debió comenzar y que quizá no haya terminado es un país destruido, en manos de un Gobierno corrupto e inoperante, y una sociedad profundamente dividida y plagada de tensiones sin resolver.

Además de un país mucho más inestable del que encontraron antes de llegar, las tropas estadounidenses han dejado tras de sí un enorme rastro de basura, en el sentido literal de la palabra. El pasado lunes, el periódico británico The Times desveló que el ejército estadounidense ha dejado toneladas de desechos altamente contaminantes y peligrosos en Irak. Contraviniendo las reglas del Pentágono, se están abandonando muchos desechos en el propio país, en lugar de transportarlos a Estados Unidos para su procesamiento o de reciclarlos en plantas construidas en el norte de Irak.

Según un documento del Pentágono de 2009 al que tuvo acceso el diario londinense, las tropas estadounidenses han producido unas cinco mil toneladas de vertidos tóxicos, aunque posiblemente la cifra real sea mucho mayor. El ejército estadounidense afirma que se está deshaciendo de esos desechos (si bien reconoce que comenzó a hacerlo bastante tarde), pero gran parte de ese material yace abandonado al aire libre: hay latas con ácido abiertas al alcance de los niños o baterías usadas junto a tierras de cultivo. La mayoría de los vertederos llenos de material militar inservible se encuentran cerca de las carreteras que unen Bagdad con Mosul y Faluya, donde había más bases militares.

Tras la publicación de la noticia en el Times, el Pentágono anunció que penalizaría a los culpables de los vertidos, probablemente las empresas privadas, estadounidenses y de algunos países árabes que se encargan de eliminar los residuos. Un portavoz del ejército estadounidense declaró en una rueda de prensa: “Los responsables de esto serán castigados. Es algo que, una vez que ha sido puesto en nuestro conocimiento, nos tomamos muy en serio”.

En los últimos años, el Departamento de Defensa de Estados Unidos ha tratado de proyectar una imagen ecológica, con proyectos como el avión de combate “sostenible” Green Hornet, que utiliza un 50 por ciento de biocombustible. Sin embargo, la preocupación por el medio ambiente del Pentágono es más bien escasa, como demuestra, por ejemplo, su desmesurado consumo de petróleo: las tropas desplegadas en el sudoeste de Asia (la mayoría de ellas en Irak y Afganistán) consumen más crudo al año que todo Bangladesh, con sus más de 150 millones de habitantes.

El año pasado ya se puso de manifiesto la irresponsabilidad del Pentágono en el tratamiento de sus residuos cuando Wikileaks difundió un informe elaborado por un ingeniero del ejército que enumeraba los graves peligros para la salud que suponía para los soldados y la población local la incineración de basuras en una base de Irak. El documento mostraba que el Pentágono sabía que las tropas estaban expuestas a grandes cantidades de productos químicos cancerígenos, pero en público minimizó el riesgo.

Pero quienes más están sufriendo las consecuencias del legado tóxico de la guerra son los propios iraquíes. Un estudio realizado recientemente por el Gobierno iraquí ha descubierto más de cuarenta lugares con altos niveles de radiación y dioxinas. El 25 por ciento de los focos de contaminación se halla en los alrededores de ciudades como Faluya, Nayaf o Basora, donde más han aumentado los casos de cáncer y las enfermedades congénitas de los recién nacidos en los últimos años. En Faluya, nacieron el año pasado quince veces más niños con deformidades que el año anterior, y se están dando numerosos casos de recién nacidos con tumores.

La principal causa de ese tipo de enfermedades es el armamento empleado durante la guerra (los lugares con más enfermos son también aquellos en los que se han producido más combates) y, sobre todo, el uranio empobrecido que contienen algunas de las armas usadas por Estados Unidos y que también ha afectado gravemente a numerosos soldados norteamericanos.

El impacto medioambiental de las guerras y sus repercusiones en la salud de la población pueden llegar a ser devastadores y se prolongan durante muchos años después de que los ejércitos hayan regresado a sus cuarteles. En lugares como Vietnam, tácticas militares como el uso del “agente naranja” todavía siguen causando estragos entre la población treinta y cinco años después del fin de la guerra y las bombas lanzadas hace décadas siguen matando a decenas de personas cada año. Estados Unidos se niega a aceptar su responsabilidad por los cientos de miles de enfermedades que provocó y sigue provocando aquella guerra. Es probable que tampoco lo haga en el caso de Irak.