El gran juego

Este mes de junio ha vuelto a estallar la violencia en Cachemira. Después de que la policía matará a un joven de 17 años al disolver una manifestación exigiendo la independencia de la región administrada por India, los separatistas convocaron una huelga general y se sucedieron las protestas en diversas ciudades a pesar del toque de queda impuesto por el Gobierno. La represión de las manifestaciones por parte de las fuerzas de seguridad se ha cobrado la vida de al menos diez manifestantes, la mayoría a manos del cuerpo paramilitar de la Fuerza Policial de la Reserva Central.

Manifestantes independentistas cachemires protestan contra la ocupación india, el pasado 21 de junio en Srinagar (AP Photo/Mukhtar Khan).

Mientras tanto, este lunes se produjo un enfrentamiento en el sector de Nowgam entre tropas indias y un grupo de insurgentes cuando, según un oficial del ejército, éstos trataban de entrar desde Pakistán en la Cachemira controlada por India. En la refriega murieron cinco militantes y tres soldados indios.

Esta violencia no es nueva en una región sumida en un conflicto permanente, que la CIA califica como “la mayor y más militarizada disputa territorial del mundo”. Se calcula que en Jammu y Cachemira, la zona de la región controlada por India, cuya población asciende a algo más de diez millones de habitantes, hay aproximadamente medio millón de soldados. Teniendo en cuenta esa fuerte presencia militar, no es de extrañar que algunas organizaciones de defensa de los derechos humanos hayan denunciado que la región en realidad está gobernada por el ejército indio y que éste no está subordinado al débil Gobierno civil del primer ministro Omar Abdulá.

De hecho, está vigente en la región desde 1990 la “Ley sobre poderes especiales de las Fuerzas Armadas” de 1958, que concede al ejército en las zonas declaradas “en conflicto” carta blanca para hacer las detenciones que desee sin necesidad de una orden judicial o disparar a matar y prácticamente confiera inmunidad judicial a los militares. Dado ese clima de impunidad, no es de extrañar que muchos soldados hayan asesinado en numerosas ocasiones a civiles y después hayan declarado que se trataba de militantes islamistas, para “mejorar” su historial de combate y percibir bonificaciones de sus superiores. Es un problema que está tan extendido que incluso la policía cachemir se ha comprometido a investigarlo.

Las raíces del conflicto

El conflicto de cachemira hunde sus raíces en el período colonial británico y la traumática partición de la India británica en agosto de 1947, una de las mayores tragedias del siglo pasado, que supuso el desplazamiento de sus hogares de más de diez millones de personas y la muerte de alrededor de un millón de ellas. La partición también dio comienzo a la enconada enemistad entre India y Pakistán, una enemistad que ha desencadenado ya tres guerras, dos de ellas por la propia Cachemira.

Cuando se realizó la partición, todavía no se había decidido el destino de Cachemira, un Estado principesco de mayoría musulmana gobernado por un maharajá hindú. Según la constitución, le correspondía al maharajá tomar la decisión de formar parte de India o Pakistán, aunque en esos casos se solía decidir en función de la religión mayoritaria de la población y el líder nacionalista cachemir Mohammad Abdulá (el abuelo del actual primer ministro) abogaba por una Cachemira más o menos independiente y creía que sólo podría proporcionársela el líder del Congreso Nacional Indio y primer ministro de India, Jawaharlal Nehru, con el que en cualquier caso, tenía más afinadades ideológicas que con el padre de Pakistán Muhammad Ali Jinnah.

Policías indios patrullan un mercado cerrado por la huelga en Srinagar el pasado 22 de junio (AP Photo/Mukhtar Khan).

Tras la guerra de 1947-1948 entre India y Pakistán por el territorio, que desencadenó la precipitada y violenta invasión de cachemira por Pakistán ante el miedo de que el maharajá se decantara por India, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 47 [pdf], en la cual recomendaba que se celebrarse un referéndum para decidir el futuro de la región. Además, se estableció la Línea de Control que dividía Cachemira entre India y Pakistán. Pero aquel referéndum nunca llegó a celebrarse.

Durante las siguientes décadas, el Estado indio fue afianzando su poder y acorralando cada vez más a los independentistas cachemires, llegando a encarcelar a Mohammad Abdulá en 1953, y las posibilidades de independencia fueron disminuyendo, entre otras cosas, porque el estado multinacional indio temía que, si se la concedía a Cachemira, otros estados se empeñarían en obtener la suya. Además, la región era el centro del conflicto entre India y Pakistán, que en 1965 fueron a la guerra por segunda vez por ella durante un breve espacio de tiempo.

En 1989 comenzó la actual insurgencia contra la ocupación india, después de que en 1987 se celebrasen unas elecciones que la mayoría de la población consideró amañadas por India para que resultara vencedor su candidato, Farooq Abdulá (el hijo de Mohammad Abdulá). Según algunos testimonios, muchos insurgentes cachemires creyeron que, tras el apoyo unánime de la comunidad internacional a los manifestantes que derribaron el muro de Berlín volvería suceder lo mismo en su caso, pero no fue así. Estados Unidos, por ejemplo, que deseaba mejorar sus relaciones con India, no sólo no les apoyó, sino que al año siguiente abandonó su política de pedir que se celebrase el plebiscito.

Comenzó entonces una guerra asimétrica y de intensidad variable entre los grupos separatistas cachemires y el ejército indio que ha sido especialmente cruel y en la que han muerto más de cincuenta mil personas, según los cálculos más conservadores y ha dejado un país lleno de fosas comunes (en las que hay enterradas al menos tres mil personas, según un informe reciente). Algunos guerrilleros pidieron ayuda a Pakistán, pero el servicio secreto pakistaní pronto comenzó a introducir a grupos de yihadistas en la región y estos acabaron desplazando al movimiento independentista de tendencia laica que había comenzado la insurgencia. Pakistán (tan poco interesado como India en una Cachemira independiente, que es lo que realmente desean la mayoría de sus habitantes) llegó incluso a facilitar información a India sobre algunos grupos independentistas para librarse de ellos.

Los musulmanes no han sio las únicas víctimas del conflicto. Cuando estalló la insurgencia hace un par de décadas, casi un cuarto de milllón de ciudadanos de la minoría hindú, que hasta entonces siempre habían convivido de forma pacífica y armoniosa con sus vecinos musulmanes, tuvieron que huir de la región a India y otros países para huir de la violencia. La mayoría de ellos aún no han regresado a sus hogares.

Han transcurrido más de seis decenios desde la partición y dos desde el comienzo de la insurgencia y la solución al conflicto parece más lejana que nunca. En 2004, India y Pakistán comenzaron un proceso de paz y que se vio interrumpido por los atentados del 2008 en Bombay, que en gran medida fueron una consecuencia de las humillaciones, la marginación y la brutalidad a la que son sometidos a menudo los musulmanes tanto en Cachemira como en el resto de India. En cualquier caso, las conversaciones de paz entre Pakistán e India no han supuesto ningún respiro para el pueblo cachemir.

Gracias a los esfuerzos de Pakistán por vincular la insurgencia con los grupos yihadistas a los que apoya en Afganistán, India puede relacionarla cada vez más con el terrorismo internacional y de ese modo la deslegitima y evita tener que escuchar las reivindicaciones legítimas del pueblo de Cachemira. Parece poco probable que le presionen desde el exterior para que lo haga: el conflicto apenas aparece en los medios e India es la “mayor democracia del mundo” y el mayor aliado de la Unión Europea y de Estados Unidos en la región. (A instancias de India, Estados Unidos renunció a que Richard Holbrooke, su enviado especial para Afganistán y Pakistán, pudiera ocuparse también de Cachemira. Mientras tanto, India aumenta más de un treinta por ciento su presupuesto militar y Estados Unidos le vende gran parte de ese armamento.) Parece claro que los gobiernos de las grandes potencias no están dispuestos a que estropeen sus buenas relaciones los diez millones de habitantes de Cachemira, prisioneros de unos intereses geoestratégicos y unos sentimientos nacionalistas que en su mayor parte no son los suyos.