El gran juego

El pasado lunes se dictó en Phnom Penh la primera sentencia contra un alto cargo de los jemeres rojos, Kaing Guek Eav, alías Duch, director de Tuol Sleng, o S-21, el principal centro de detención de la Kampuchea Democrática. Han tenido que transcurrir tres décadas desde el genocidio camboyano, en el que murieron alrededor de 1,7 millones de personas, para que comience a hacerse justicia en el país asiático.

Kaing Guek Eav, Duch, escucha la sentencia del tribunal que juzga a los jemeres rojos , el pasado 26 de julio en Phnom Penh (AP Photo/Heng Sinith).

El tribunal mixto, (nacional e internacional, compuesto por tres jueces camboyanos y dos extranjeros nombrados por la ONU), declaró a Duch culpable de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra cometidos durante los algo menos de cuatro años en que dirigio el centro de torturas S-21 como el más eficiente de los funcionarios. Unos años en los que ordenó interrogar, torturar y ejecutar a más de 14.000 prisioneros políticos a los que obligaba a redactar unas confesiones que en su mayoría eran falsas y cuya única finalidad real era alimentar las teorías conspirativas y la paranoia de los dirigentes del régimen. Según la perversa lógica que reinaba en la Kampuchea Democrática y en Tuol Sleng la sospecha era sinónimo de culpabilidad y las torturas producían inexorablemente confesiones en las que era necesario dar nombres de nuevos sospechosos, los cuales redactaban a su vez nuevas confesiones que volvían a poner en marcha todo el proceso. Un círculo vicioso que no tenía fin ya que, por definición, los miembros del Gobierno de la Kampuchea Democrática no podían equivocarse al señalar a sus enemigos.

Por esos crímenes Duch ha sido condenado a 35 años de cárcel (cinco menos de los que pedía la acusación), de los cuales se le han descontado los once que ya ha pasado entre rejas desde su detención en 1999 y otros cinco por haber estado ocho años detenido ilegalmente en una prisión militar camboyana. Según la ley camboyana, Duch podría optar a la libertad condicional por buen comportamiento cuando cumpla dos terceras partes de su condena. Sus abogados ya han anunciado que van a recurrir la sentencia.

El tribunal ha tenido en cuenta varios factores atenuantes para imponer una condena limitada en lugar de la cadena perpetua que pedían muchas de las víctimas: la colaboración del acusado con el Tribunal (que podría ser enormemente valiosa durante el próximo juicio), el hecho de que reconociera su responsabilidad en los delitos que se le imputaban, sus muestras de arrepentimiento (aunque este factor perdió fuerza cuando pidió la absolución al final del juicio aduciendo que sólo estaba cumpliendo órdenes), el “ambiente coercitivo” del régimen y el potencial de rehabilitación del reo. La sentencia [pdf] fue aprobada por la mayoría de los jueces que componen el tribunal, con la excepción del francés Jean-Marc Lavergne, que abogaba [pdf] por imponer una pena de 30 años en lugar de 35.

Una sentencia polémica

El fallo no ha estado exento de polémica. Muchos consideran que es demasiado leve teniendo en cuenta los crímenes del acusado, una opinión que ha resaltado gran parte de la prensa internacional. Algunas víctimas, entre ellas Chum Mey, uno de los pocos supervivientes de la prisión, expresaron su indignación ante el hecho de que Duch pueda volver a ser un hombre libre algún día y el ministro de Asuntos Exteriores camboyano, Hor Namhong, calificó la sentencia de excesivamente benévola. Según The Phnom Penh Post la reacción de los camboyanos ha sido ambivalente, probablemente más de lo que los medios extranjeros han dado a entender. Otro superviviente de S-21, el pintor Vann Nath, declaró que aceptaba el veredicto y lo calificó de “justo”. El periodista camboyano Thet Sambath, co-director del documental Enemies of the People y cuyos padres y hermano murieron a manos de los jemeres rojos, publicó el martes un artículo en The Guardian en el que defendía la sentencia y afirmaba que la justicia no debe ser “vengativa”.

Según el experto en derecho internacional y asesor legal del Centro de Documentación de Camboya John C. Ciorciari, el tribunal ha celebrado un juicio justo, ha establecido la culpabilidad del acusado de forma admirable y ha intentado imponer a Duch una pena razonable, en una sentencia que iba a suscitar polémica de todos modos. No obstante, Ciorciari advierte que el tribunal debe introducir mejoras en el papel que desempeñan las partes civiles y en la cuestión de las reparaciones a las víctimas.

Chum Mey, superviviente de la prisión S-21, a la salida del tribunal, el pasado 26 de julio (AP Photo/Heng Sinith).

Éste es el primer tribunal internacional que permite participar a las víctimas como partes civiles. A través de la Unidad de víctimas pueden hacer peticiones a los fiscales, tomar parte en las investigaciones o intervenir en el proceso haciendo preguntas al acusado y citando a testigos. También pueden exigir compensaciones “morales y colectivas”. En este último punto, el tribunal se ha limitado a acceder a la petición de incluir los nombres de las partes civiles en la sentencia y su vinculación con el caso y de publicar todas las declaraciones de disculpa hechas por Duch a lo largo del juicio. El tribunal rechazó el resto de peticiones, que incluían la financiación de programas de educación sobre los crímenes cometidos durante el régimen de los jemeres rojos o la construcción de pagodas en recuerdo de las víctimas, aduciendo que no eran de su competencia, lo que ha decepcionado profundamente a las partes civiles. Además, muchas de las 93 víctimas que participaron en el proceso no han sido reconocidas como partes civiles en la sentencia.

Duch no formaba parte de la cúpula dirigente de los jemeres rojos y era básicamente un alto funcionario que no tenía poder para determinar las políticas del régimen, por lo que, en cietrto modo, el verdadero juicio a los jemeres rojos aún no ha comenzado. Se trata del caso 002, que se prevé que comience el año que viene, contra los máximos líderes del régimen: Nuon Chea (el “hermano número dos”, ideólogo del movimiento y el líder de los jemeres rojos de más alto rango que queda con vida), Ieng Sary (vice primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores de la Kampuchea Democrática), Ieng Thirith (mujer del anterior y ministra de Asuntos Sociales) y Khieu Samphan (presidente del Presidium del Estado). Teniendo en cuenta la lentitud del proceso judicial, la edad de los acusados (todos ellos octogenarios) y su negativa a admitir sus crímenes y a colaborar con el Tribunal (al contrario que Duch), el próximo juicio se presenta más complicado que el anterior, sobre todo debido a la posibilidad de que los reos mueran antes de que finalice.

Un tribunal complejo con una larga historia

Las Salas Especiales en los Tribunales de Camboya, el tribunal mixto auspiciado por la ONU encargado de juzgar los crímenes de guerra, los crímenes contra la humanidad y el genocidio perpetrados por el régimen de la Kampuchea Democrática entre el 17 de abril de 1975 y el 7 de enero de 1979, se instituyeron oficialmente a principios de 2006, pero la primera vista del juicio no se celebró hasta febrero del año pasado. El Tribunal mixto se instauró definitivamente tras nueve años de arduas negociaciones entre el Gobierno camboyano y las Naciones Unidas, que dieron comienzo cuando en 1997 los entonces dos primeros ministros de Camboya solicitaron ayuda a la ONU para organizar un proceso contra los líderes de los jemeres rojos, nueve años en los que tanto la ONU como el Gobierno de Camboya trataron de asumir el mayor control posible del tribunal en un clima de desconfianza mutuo y en medio de una situación interna sumamente inestable.

El funcionamiento del tribunal se ha visto obstaculizado por problemas de corrupción y de escasez de fondos. La estructura mixta del Tribunal, y el hecho de que se base tanto en el ordenamiento jurídico camboyano como en el derecho internacional, complican enormemente el proceso. Además, se ha acusado al Gobierno camboyano de interferir en el juicio. El año pasado, el primer ministro Hun Sen se opuso a que el tribunal juzgara a más acusados de los cinco previstos, alegando que tratar de detener a más dirigentes podría desencadenar una guerra civil. El fiscal de la parte internacional, el canadiense, Robert Petit, trató de encausar a seis altos cargos más cuya identidad no se ha revelado. La fiscal camboyana, Chea Lean, se opuso rotundamente a que se realizaran nuevas investigaciones para no poner en peligro el proceso de reconciliación nacional y amparándose en el “espíritu de la ley” que regula el tribunal.

La cuestión del número de acusados ha sido y continúa siendo objeto de una gran polémica. En un principio, el Tribunal está capacitado para juzgar a los “principales líderes del régimen con mayor responsabilidad en los crímenes cometidos”, lo que no acota el número de posibles reos.

El poder de la Kampuchea Democrática lo detentaba el Comité Permanente del Partido Comunista de Kampuchea, formado por 11 miembros. Además, había varios miembros del partido candidatos al Comité. Ambas categorías incluían a unas 20 personas, de las cuales han muerto todas excepto los cinco acusados, que ocupabaan los puestos segundo (Nuon Chea), tercero (Ieng Sary), noveno (Kieu Samphan) y undécimo (Khieu Thirith) en la jerarquía del régimen, además de Duch [véase el libro The Pol Pot Regime, de Ben Kiernan, el estudio más completo sobre el régimen de la Kampuchea Democrática].

Nadie niega que algunos antiguos jemeres rojos ocupan puestos de responsabilidad en el actual Gobierno y  el ejército camboyano, y no cabe ninguna duda de que ésa es una de las razones por las que el primer ministro Hun Sen se opone a que se juzgue a más personas, pero a menudo se exagera esa acusación hasta límites absurdos. En numerosas ocasiones los medios de comunicación mencionan de manera bastante maliciosa que el propio Hun Sen fue un oficial del ejército de los jemeres rojos e incluso Human Rights Watch se ha referido a él como un “comandante de los jemeres rojos”, sin más explicaciones, en un comunicado de prensa en el que criticaba la injerencia del Gobierno camboyano en el tribunal.

Lo que esos medios o Human Rights Watch olvidan mencionar es que Hun Sen, que perdió un ojo combatiendo con los jemeres rojos al régimen de Lon Nol respaldado por Estados Unidos, por lo que no pudo participar en la toma de Phnom Penh en 1975, huyó a Vietnam en 1977 junto a Heng Samrin y otros oficiales que dos años después participarían en la liberación de Camboya del yugo de los jemeres rojos junto al ejército vietnamita, poniendo fin al genocidio perpetrado por Pol Pot y los suyos. Según el especialista Ben Kiernan, no existe prueba alguna de que participasen en matanzas masivas de civiles esos oficiales de las regiones orientales del país, una zona en la que las condiciones eran mucho mejores que en otras partes del país hasta que a partir de finales de 1976 fueron destinados allí oficiales más leales a Pol Pot procedentes de otras regiones. Es cierto que desde que Hun Sen fue nombrado primer ministro en 1985 su Gobierno se ha vuelto cada vez más dictatorial y ha puesto literalmente el país en venta a costa de los sectores más pobres, pero acusarle de ser un jemer rojo es simplemente absurdo.

En ese sentido, probablemente la ONU y la llamada “comunidad internacional” tengan mucho más que callar que Hun Sen. Empeñados a negarse a reconocer al Gobierno instalado en Phnom Penh por los vietnamitas en 1979, Estados Unidos, China, Gran Bretaña y los países de la ASEAN se aseguraron de que el asiento de Camboya en las Naciones Unidas lo ocupara el representante de los jemeres rojos mientras proporcionaban apoyo económico, político y militar a los genocidas que se habían refugiado en la selva camboyana, unto a la frontera tailandesa, un tema que trataremos en otro artículo.

Las críticas al Gobierno camboyano de corrupción e injerencia política en los juicios son perfectamente legítimas, pero están teñidas de hipocresía y tienen una enrome carga neocolonial si no se menciona el vergonzoso papel que desempeñó durante años la otra parte del tribunal, la ONU y la “comunidad internacional”, los verdaderos culpables de que no se haya comenzado hasta ahora a administrar la justicia que el pueblo y el Gobierno camboyanos han estado exigiendo desde que finalizó el genocidio hace más de treinta años.

(8) Comentarios

  1. Una información muy completa, bien resumida y con un análisis certero. Como bien dice el texto, ha habido mucha confusión en cuanto a la reacción de los camboyanos. Esto se debe principalmente a que muchos de ellos no han entendido que la sentencia NO son 35 años más, sino 19 (ni siquiera llegan y su condena será además probablemente acortada) y que por tanto, es posible que algún día Duch vuelva a poner un pie en la calle. Pocos ciudadanos en Camboya quieren eso, sólo quieren que Duch pase el resto de sus días en la cárcel y piensan que con 35 años es suficiente. El juicio es muy complicado, con interferencias frecuentes del gobierno camboyano, y por eso mismo el Tribunal tenía que haberse desmarcado de eso y haber dictado una sentencia justa. Si 35 años de prisión por 14.000 muertes es justo, se está dando a entender que una vida en Camboya vale bastante poco. Pero es imposible pedir un juicio justo, cuando las dos partes que juzgan (gobierno camboyano y ONU) deberían estar sentadas en el banquillo de los acusados.

  2. Gracias por el excelente reportaje.

  3. [...] semana pasada el tribunal internacional que juzga a los jemeres rojos dictó en Phnom Penh su primera sentencia. El acusado era Kaing Guek Eav, alias Duch, director de Tuol Sleng, el centro de detención de la [...]

  4. Pepa

    Gracias, es genial.

  5. [...] Sardiña ha elaborado un magnífico y completo artículo sobre la sentencia en Periodismo [...]

  6. [...] de Periodimo Humano publicado el 30 de julio de 2010 y el 9 de agosto de 2010 por Carlos Sardiña. Part I y Parte II del [...]

  7. [...] Rojos”, ha venido a suplir una gran carencia. “Hasta 2007 –fecha de la puesta en marcha de un tribunal ad hoc organizado por la ONU– los jóvenes camboyanos ignoraban todavía este oscuro periodo de la historia de su país”, [...]

  8. [...] Camboya y los jemeres rojos [...]

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