El gran juego

El Gobierno afgano ha anunciado que va a emprender una operación de rescate financiero del Banco de Kabul, el mayor banco comercial del país, que estos días está sumido en una grave crisis que amenaza con hacer colapsar el frágil sistema financiero del país. El Banco Central de Afganistán tiene previsto dedicar a la operación 200 millones de dólares, una enorme cantidad de dinero para un Estado que no recauda más que mil doscientos millones de dólares de impuestos al año. La crisis está acompañada por un escándalo de corrupción a gran escala en el que está implicado el hermano de Hamid Karzai, el presidente del país.

El gobernador del Banco Central de Afganistán, Abdul Qadir Fitrat, durante una rueda de prensa celebrada el 1 de septiembre en Kabul en la que defendió la solvencia del Banco de Kabul (AP Photo/Musadeq Sadeq).

A finales del mes pasado, el Banco Central obligó a dimitir a los dos principales directivos del Banco de Kabul, Sherkhan Farnood y Khalilullah Frozi, tras descubrir que había alcanzado pérdidas de hasta 300 millones de dólares y que los accionistas habían empleado el dinero de los clientes en realizar inversiones ilícitas. Sherkhan Farnood, fundador y presidente del banco, además de jugador de poker profesional, había utilizado el dinero del banco para cubrir pérdidas de su aerolínea privadas, Pamir Airways, y para invertir en el mercado inmobiliario de Dubai hasta que éste se desplomó en 2008.

Además, Farnood compró con el dinero del banco propiedades en Dubai para algunas de las personas más poderosas del país, entre ellas Mahmood Karzai, el hermano del presidente que posee el 7 por ciento de las acciones del banco. En 2007, Karzai pidió un préstamo al banco para comprarle a Farnood una casa de lujo en la Isla de la Palma de Dubai. Karzai vendió la propiedad al año siguiente, obteniendo unos beneficios de más de 800.000 dólares.

Tras el estallido del escándalo, muchos de los 1,4 millones de clientes del Banco de Kabul se apresuraron a retirar sus ahorros, dejando al banco con un grave problema de liquidez. Mientras tanto, Hamid Karzai trataba de calmar los ánimos asegurando que el Banco Central afgano es perfectamente capaz de hacer frente a la situación y, por su lado, el Gobierno de Estados Unidos enviaba a un grupo de asesores del Departamento del Tesoro pero se negaba a aportar dinero para la operación de rescate.

Aunque la presencia del sector bancario en Afganistán es más bien escasa (según el Gobierno estadounidense menos del 5 por ciento de los afganos tienen una cuenta bancaria), un colapso del Banco de Kabul podría tener unas consecuencias imprevisibles para el curso de la guerra, pues debilitaría enormemente el ya de por sí precario aparato estatal afgano, ya que miles de funcionarios, policías y militares cobran sus salarios a través de esa entidad. La crisis ya ha dado lugar a situaciones como la que se produjo el pasado miércoles, cuando las fuerzas de seguridad arremetieron a golpes contra un grupo de medio millar de funcionarios que acudieron a la sede del banco en la capital a retirar sus ahorros. Todo ello en un momento en el que la insurgencia está ganando terreno y el Gobierno de Karzai está más desacreditado que nunca.

Un grupo de mujeres espera en la puerta del Banco de Kabul para retirar sus ahorros el pasado 6 de septiembre (AP Photo/Musadeq Sadeq).

El Banco de Kabul, una entidad creada hace cinco años que se ha beneficiado enormemente tanto del clima de corrupción e impunidad imperante en Afganistán como de las relaciones de sus directivos con la élite política de Kabul, fue uno de los principales patrocinadores de la campaña electoral de Hamid Karzai el año pasado, cuando éste resultó vencedor gracias a un fraude electoral generalizado que la “comunidad electoral” decidió pasar totalmente por alto. La financiación del Banco de Kabul no tiene nada de extraño teniendo en cuenta que dos de los principales accionistas del banco, Mahmood Karzai y Haseen Fahim, son hermanos, respectivamente, del presidente y del vicepresidente (el general Mohammad Hasim Fahim, un señor de la guerra vinculado a organizaciones criminales y traficantes de armas y acusado de crímenes de guerra).

El Gobierno afgano es uno de los más corruptos del mundo, pero no cabe duda de que los miembros de la élite económica y política de Kabul no son los únicos culpables. No son menos responsables quienes concedieron los contratos de todo tipo a los empresarios locales y extranjeros, colocaron en el poder a unos señores de la guerra y políticos con las manos manchadas de sangre y les entregaron miles de millones de dólares sin preocuparse realmente de adónde iba a parar el dinero. Incluso el Center for Strategic and International Studies, un think tank de Washington poco sospechosos de cualquier tipo de radicalismo, lo ha reconocido recientemente en un informe con el elocuente título de “Cómo Estados Unidos ha corrompido Afganistán”.

El proyecto de “construcción nacional” de Afganistán que emprendió la llamada comunidad internacional no sólo ha resultado sumamente beneficioso para las élites afganas de los Karzai, Fahim, Farnood y compañía, sino también para todo un ejército de contratistas, afganos y extranjeros, consultores y algunas organizaciones no gubernamentales de todo el mundo. Según un informe publicado por Oxfam en 2008 [pdf], el 40 por ciento de la ayuda internacional vuelve a los países de origen en forma de beneficios corporativos y salarios y el margen de beneficio de los contratistas, afganos y extranjeros, puede llegar a alcanzar el 50 por ciento.

Esa “construcción nacional” llevada a cabo durante los últimos nueve años  sólo está sirviendo para generar y enriquecer a una pequeña élite endogámica que, aunque no ha logrado contruir un estado mínimamente viable en Afganistán, está consiguiendo introducir el capitalismo más feroz en el país, y lo está llevando hasta sus últimas y más autodestructivas consecuencias.