El gran juego

Rangún (Birmania).

“Bayda” es el nombre birmano del jacinto de agua, una flor que se puede hallar flotando en los ríos de todo el país. Se dice que puede soportar todos los envites de las corrientes y, aunque en ocasiones desaparezca bajo las aguas, siempre vuelve salir a flote corriente abajo. Gracias a unos célebres versos del poeta Zaw Gyi, se ha convertido en un símbolo de resistencia frente a las adversidades y de la lucha por la democracia en Birmania. Uno de los primeros gestos de Aung San Suu Kyi, líder indiscutible e icono de esa lucha, cuando fue liberada el pasado 13 de noviembre tras siete años de arresto domiciliario, fue precisamente el de prenderse una de estas flores en el pelo.

El aula del Instituto Bayda en Rangún, el pasado 2 de agosto (C. S.).

Una semana después, el 20 de noviembre, nació en Rangún una nueva organización que lleva el nombre del jacinto de agua: el Instituto Bayda. Con el lema “hacia una sociedad concienciada”, el Instituto se dedica a educar a jóvenes que deseen convertirse en ciudadanos políticamente activos y a enseñarles a “vivir en un ambiente democrático”. Aunque cuenta con el apoyo de la Liga Nacional de la Democracia de Aung San Suu Kyi, colabora en algunas actividades educativas y algunos líderes del partido acudieron a su inauguración y suelen hacerlo a las ceremonias de entrega de títulos, el Instituto es totalmente independiente y autónomo.

Su fundador y director es Myo Yan Naung Thein, un hombre que, a sus 37 años, ya es un veterano de los movimientos estudiantiles y de oposición al régimen militar birmano. Arquitecto de formación, fue uno de los líderes de las protestas que organizaron los estudiantes universitarios en 1996, tras las que fue detenido y condenado a siete años de prisión. Algunos años después de su liberación, entró en contacto con el mítico dirigente estudiantil Min Ko Naing y, con otros activistas, formaron el grupo de la Generación de Estudiantes de 1988.

Myo Yan Naung Thein, en su oficina del Instituto Bayda (C. S.).

En 2007 le concedieron una beca Fullbright, pero no pudo aprovecharla porque las autoridades volvieron a detenerle tras la “Revolución de Azafrán” y le condenaron a dos años de cárcel por “criticar al Gobierno”. Como consecuencia de las torturas a las que fue sometido durante los interrogatorios, sufrió una parálisis parcial que le impidió caminar hasta seis meses después de su puesta en libertad, a finales de 2009.

Myo Yan asegura que nunca tuvo intención de dedicarse a la política, pero en 1988, cuando tenía 14 años de edad, presenció las revueltas populares que derribaron al general Ne Win, el dictador que gobernaba el país desde 1962, y la posterior represión del ejército, algo que se quedó grabado en su mente para siempre e hizo que “el ideal de justicia comenzara a crecer en mi interior”.

La entrada del Insitituto Bayda en Rangún (C. S.).

Políglota (además de inglés habla francés, italiano y español) y amante de los libros, Myo Yan afirma que fueron sus lecturas, y cita a Kafka como ejemplo, las que le acercaron al mundo del activismo. De hecho, su misión en la Generación de Estudiantes de 1988 consistía en leer libros de política y derecho para poner al día a sus compañeros, algunos de los cuales, como el propio Min Ko Naing, habían estado 16 años en la cárcel sin que se les permitiera leer un solo libro.

Pese a haber sufrido la represión del régimen, Myo Yan sostiene que no considera al Gobierno su enemigo, “si consideras a alguien tu enemigo tratarás de eliminarlo, hay un enfrentamiento en el que sólo puede haber un vencedor. Mucha gente no está de acuerdo conmigo, pero creo que debemos convencer al Gobierno de que no somos sus enemigos y de que estamos trabajando por la nación.” Su objetivo, y el del Instituto Bayda, “no es arremeter contra el Gobierno”, sino “hacer que la gente se involucre en política” y adquiera los conocimientos necesarios para ello.

El profesor Ko Ko Mye imparte una lección de historia de la Guerra Fría en el Instituto Bayda (C. S.).

La mayoría de alumnos del Instituto Bayda son hijos de presos o antiguos presos políticos y pertenecen a familias destruidas por la cárcel. “Sin embargo, cuando hablo con ellos –explica Myo Yan–, veo que no albergan ningún deseo de venganza, lo único que quieren es poner fin a la represión y a las injusticias. Pero, desgraciadamente, aunque hayan estudiado, su nivel educativo no es lo suficientemente alto como para participar en política.”

El lamentable estado de la enseñanza birmana no sólo se limita a la educación primaria, como vimos la semana pasada. Las universidades también carecen de los fondos, el material y los profesores necesarios y tampoco proporcionan una formación decente a sus alumnos. Según Myo Yan, “el sistema de enseñanza de este país se basa únicamente en aprobar los exámenes. Si un estudiante suspende, el profesor debe escribir un informe explicando por qué ha suspendido, pero los profesores aprueban a todo el mundo para no tener que escribir el informe”. En esas circunstancias, no es de extrañar que muchos licenciados universitarios no posean los conocimientos básicos ni siquiera de sus propias carreras.

Algunos de los libros de texto que se utilizan en el Instituto Bayda (C. S.).

Para paliar esas carencias, el Instituto Bayda imparte materias como “Política y gobierno”, “Estudio comparativo de los sistemas políticos y las constituciones”, “Conflictos globales” o Historia. Los alumnos no se limitan a tomar apuntes, sino que también plantean preguntas a los profesores y debaten a menudo entre ellos. Además, se les enseña retórica y oratoria para que aprendan a hablar en público y persuadir a la gente. “Si aprenden todas esas cosas, conseguiremos que haya líderes locales en todas partes –explica Myo Yan–. Estos hablarán de temas medioambientales, por ejemplo, e incluirán otros asuntos políticos. Así se irán consiguiendo pequeños cambios a nivel local.”

Estos aspirantes a líderes locales proceden de todas las divisiones y estados del país y, hasta el momento, han pasado por las aulas del instituto algo más de un centenar de ellos, en grupos de entre veinte y treinta. Los cursos duran seis semanas y el Instituto proporciona el alojamiento y la manutención a los alumnos que han de viajar a Rangún desde otros lugares. Debido a que su presupuesto es muy ajustado (hasta el momento Bayda no ha recibido ninguna financiación exterior y son Myo Yan y sus amigos quienes hacen frente a todos los gastos), éstos son sumamente modestos: los estudiantes duermen en el propio local y las comidas se reducen a platos de arroz con verduras, que los estudiantes suelen comer tras cantar a coro “We Shall Overcome”.

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En los últimos meses, aprovechando el tímido proceso de apertura iniciado tras las elecciones de noviembre y la instauración de un Gobierno civil a finales de marzo, han proliferado las organizaciones como ésta en Birmania. Tras más de dos decenios de lucha por la democracia, muchos activistas han decidido dejar de concentrar su atención en el Gobierno y tratar de cambiar la sociedad birmana desde abajo.

Myo Yan cree que el punto de inflexión fue el Ciclón Nargis, que devastó gran parte del país en 2008 y dejó más de 130.000 muertos tras de sí. La Junta militar en el Gobierno, más preocupada por defender sus propios intereses que por la población, apenas hizo nada y miles de personas murieron como consecuencia de su pasividad. “Los jóvenes vieron morir a mucha gente y quisieron ayudar –comenta Myo Yan–. Aquello les afectó profundamente y comenzaron a trabajar en labores de ayuda humanitaria, de ahí pasaron a las labores de desarrollo o de educación y adquirieron un compromiso civil. Muchas organizaciones sociales nacieron a partir de aquello.”

Estudiantes de Instituto Bayda debaten en grupo durante una de las clases (C. S.).

Este tipo de iniciativas no carecía de riesgos. El Gobierno las perseguía y detuvo a muchos de los activistas. El caso más conocido es el de Zarganar, un célebre cómico que fue condenado a 45 años de cárcel por criticar la respuesta del Gobierno al ciclón y llevar ayuda humanitaria a las zonas afectadas. Pero hay otros casos: un joven de Rangún al que conocí en noviembre en la localidad tailandesa de Mae Sot, tuvo que huir del país cuando su familia le avisó de que la policía había registrado su apartamento y su ordenador y le estaba buscando después de organizar con sus amigos convoyes para llevar alimentos a los damnificados. Muchos otros refugiados tienen una historia parecida.

“Con el Ciclón Nargis se produjo toda una movilización social. Hace un año y medio salí de la cárcel y lo que más me sorprendió fue ver que la gente hablaba de política –cuenta Myo Yan–. En 2007, cuando me encarcelaron, la gente no hablaba de política en absoluto, estaba asustada. Podían detenerte sólo por mencionar el tema. Después llegaron las elecciones de noviembre de 2010. Todo el mundo sabe que el Gobierno las amañó, pero supusieron una movilización política. Unos días más tarde pusieron en libertad a Daw Aung San Suu Kyi y todas las miradas se volvieron hacia ella.”

Interior del Instituto Bayda, en esta habitación duermen los estudiantes (C. S.).

Sin embargo, la apertura del régimen es más bien relativa y esos avances de la sociedad civil son sumamente frágiles. Sigue habiendo casi dos mil presos políticos en las cárceles birmanas, el Gobierno continúa deteniendo a opositores por los motivos más peregrinos y una organización como el Instituto Bayda se enfrenta a enormes obstáculos para sobrevivir.

En sus ocho meses de vida, el instituto ya se ha visto obligado a trasladar su sede en dos ocasiones. Pocas horas después de la inauguración, la dueña del local que habían alquilado fue a visitar a Myo Yan por la noche y le pidió llorando que no organizara “una rebelión en su propiedad”. Las autoridades locales la habían amenazado con confiscar la casa, junto con su vivienda, si permitía que siguieran allí. Myo Yan accedió a marcharse y alquiló un local en otro distrito, dónde volvió a repetirse la misma historia.

Sede del Instituto Bayda en Rangún (C. S.).

Hace pocos meses, la casera del local actual también fue a visitar a Myo Yan. Las autoridades la habían amenazado y le pidió que se marchara. “Esta vez le dije que no pensaba irme –cuenta Myo Yan–. Si nos vamos, no tendremos ningún lugar al que ir. Le dije que el Gobierno no puede quitarle la casa, que no es legal. Yo no estoy haciendo nada contra ellos. No estoy haciendo nada ilegal. Puedes ver los libros que utilizamos, no contienen nada contra el Gobierno.”

Por otro lado, los estudiantes no tienen permiso para pernoctar en el instituto. En Birmania es necesario rellenar un formulario y solicitar una autorización a la policía local para quedarse a dormir en cualquier domicilio. A ellos no se lo han concedido. Por tanto, mientras duran los cursos, la policía podría hacer una redada en cualquier momento y detenerlos a todos. Pero, “para ellos la ley es muy flexible. En realidad, uno se halla en peligro en todo momento, pero no aplican las leyes mientras no vayas contra ellos”, comenta Myo Yan.

Un grupo de estudiantes escuchan la lección en el Instituto Bayda (C. S.).

Por el momento, a Myo Yan y al Instituto Bayda les protege, por un lado, el hecho de que no están organizando nada para derrocar al Gobierno y, por otro, que él es una persona bastante conocida tanto dentro como fuera del país. “A veces los periodistas me preguntan si pueden citar mi nombre. Yo les respondo: ‘Háganlo por favor, y en letras mayúsculas y en negrita, a ser posible’. Cuanto más conocido sea, más seguro estaré”, comenta. Si le detuvieran, al Gobierno le lloverían las críticas, lo que en este momento le importa más que en otras ocasiones.

Pese a que la mayor amenaza para el instituto es el Gobierno y, sobre todo, las autoridades locales, Myo Yan reitera que no los considera sus enemigos. “Cuando vienen les invito a café o té y les trato bien porque sé que en realidad le tienen miedo al Gobierno, pero también a mí, ya que les puedo meter en problemas si hago algo ilegal. Siempre me dicen que les avise si voy a hacer algo peligroso. Naturalmente, no me gusta esa gente porque están de lado del régimen, pero puedo comprenderlos: quieren ganar un sueldo, tener una vida decente y alimentar a sus familias.” De hecho, las puertas del Instituto Bayda también está abiertas para ellos: “Si los funcionarios del Gobierno quieren venir a estudiar, están invitados –asegura Myo Yan–. Creo que podría ser muy beneficioso para ellos”.

(3) Comentarios

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