El gran juego

Bangkok (Tailandia).
Fotografías: Omar Montenegro y Carlos Sardiña.

Este domingo Tailandia celebra unas elecciones que determinarán en gran medida el futuro de un país sumido en una grave crisis política que dura ya más de cinco años. Desde que el ejército diera un golpe de Estado en 2006 contra el primer ministro Thaksin Shinawatra, el conflicto se ha ido recrudeciendo hasta culminar en la violencia de abril y mayo del año pasado, cuando 91 personas, la mayoría civiles desarmados, murieron en los enfrentamientos entre el ejército y los camisas rojas, partidarios de Thaksin, que ocuparon durante semanas el distrito comercial de Bangkok.

Yingluck Shinawatra, candidata a primera ministra de Tailandia, durante un mitin en la localidad tailandesa de Aranyaprathet, el 28 de junio (O. M.).

Todas las encuestas señalan que los tailandeses probablemente votarán por primera vez a una primera ministra: la candidata del Partido Puea Thai, Yingluck Shinawatra, la hermana más joven de Thaksin. Como en anteriores elecciones, el partido de Thaksin ganaría en el norte del país y el Demócrata en el sur,  éste podría perder en Bangkok, dónde solía obtener la mayoría de votos.

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Bangkok (Tailandia)

“La causa de estas inundaciones es el mal karma, tenemos mal karma porque nuestro Gobierno no es bueno, mató a mucha gente este año”, me comentaba hace unos días en voz baja, con miedo a ser oída, la dueña de una librería de lance en Bangkok, una mujer menuda de unos cincuenta años procedente de Buriram, una de las provincias de Tailandia en las que las lluvias han sido más destructivas este año. Es difícil saber cuántos tailandeses comparten la opinión de la librera, aunque probablemente no sean pocos, pero dejando aparte unas supersticiones bastante arraigadas entre la población, las peores inundaciones que ha sufrido el país en varias décadas tienen una innegable dimensión política.

Inundaciones en Ta Luang, en la provincia tailandesa de Saraburi, el pasado 25 de octubre (C.S.).

Las regiones del norte y el centro de Tailandia son las que han sufrido el desastre. Las lluvias han caído con especial fuerza este año, anegando una de las zonas más pobres del país, y ahora amenazan con inundar también el sur. Según el Gobierno ya han muerto 68 personas en las dos últimas semanas, más de tres millones han perdido sus hogares, muchas infraestructuras han quedado destruidas y se ha echado a perder una gran parte de la cosecha de arroz, el principal recurso de la región. Dos semanas después de que comenzaran las lluvias torrenciales, el primer ministro Abhisit Vejjajiva ha declarado que lo peor podría estar por venir y ya se calcula que los daños podrían reducir al menos en un 1 por ciento el crecimiento económico del país este año.

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Bangkok (Tailandia)

Este domingo se celebró en la localidad tailandesa de Ayutthaya (situada a unos sesenta kilómetros al norte de Bangkok) una de las mayores concentraciones de camisas rojas desde que el mes de mayo el ejército pusiera fin brutalmente a las protestas que paralizaron durante varias semanas el distrito comercial de Bangkok. Miles de ellos se congregaron para exigir la liberación de los presos políticos que continúan detenidos desde mayo, que se haga justicia con los 91 manifestantes asesinados y los centenares de heridos durante la represión de las protestas en abril y mayo y la introducción de reformas para democratizar el país.

El activista tailandés Sombat Boongamanong se dirige a una multitud de camisas rojas el 17 de octubre en la ciudad de Ayutthaya (C.S.).

En muchos casos, la indignación ha vencido al miedo y a lo largo de las últimas semanas se ha producido una espectacular resurrección del movimiento de los camisas rojas, que han convocado varios actos y manifestaciones a pesar de las estrictas medidas de control del Gobierno, que mantiene el estado de emergencia en Bangkok y tres provincias vecinas. Pese a que los discursos del primer ministro Abhisit Vejjajiva están repleto de referencias a la “reconciliación nacional”, el Gobierno ha hecho pocas cosas por conseguirla, más allá de medidas como el lanzamiento de campañas propagandísticas como “Together We Can” (la Obamanía también ha llegado a Tailandia) que no hacen más que desacreditarle aún más a ojos de sus opositores.

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