El gran juego

Esta semana el gobierno tailandés ha puesto fin a las protestas que han paralizado el barrio comercial de Bangkok durante los dos últimos meses. El miércoles, el ejército lanzó su ofensiva final contra los camisas rojas, en la que murieron al menos seis personas, entre ellas un fotógrafo de prensa italiano, y los seis líderes del Frente Unido a Favor de la Democracia y contra la Dictadura (UDD) que quedaban en la “ciudad roja” se entregaron a las autoridades y pidieron a los manifestantes que se rindieran y volvieran a sus casas.

Un opositor al gobierno combate al ejército tailandés tras una barricada el 16 de mayo en Bangkok (AP Photo/Sakchai Lalit).

La mayoría de camisas rojas abandonaron la zona en pocos minutos. Muchos de ellos se refugiaron en el templo budista cercano que había albergado a numerosos ancianos y niños durante los últimos días. Pero algunos incendiaron más de veinte edificios, entre ellos la bolsa. Mientras tanto, grupos descontrolados incendiaron más de veinte edificios en Bangkok y otros prendieron fuego a los ayuntamientos de Udon Thani y Khon Kaen, en el noroeste del país, la región en la que los camisas rojas cuentan con más apoyos. Ante estos disturbios, el gobierno impuso el toque de queda en la capital y veintitrés provincias más.

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La crisis por la que atraviesa Tailandia desde hace unos años se desarrolla de forma paralela en dos frentes distintos, aunque íntimamente relacionados: los centros del poder político, económico e incluso militar del país, totalmente inaccesibles para la inmensa mayoría de los tailandeses, y las calles de Bangkok y otras capitales, en las que los ciudadanos han estado expresando sus aspiraciones, intereses y frustraciones, y no sólo los de los grupos de poder a los que apoyan.

Partidarios de Thaksin Shinawatra protestan bajo un retrato del rey Bhumibol Adulyadej en Bangkok el 13 de marzo (AP Photo/Sakchai Lalit).

Por un lado se trata de un conflicto entre dos élites de poder, de dos oligarquías: una es la encabezada por Thaksin Shinawatra y sus partidos, representantes de una nueva clase empresarial emergente, partidaria de una economía descentralizada, más moderna y neo-liberal, pero con ciertos elementos populistas. La otra está representada por el Partido Demócrata, es partidaria de un capitalismo centralizado, y defiende unos intereses y grupos empresariales más antiguos y el grupo que tradicionalmente ha detentado el poder en Tailandia, un grupo dependiente de la Corona y que se articula en torno a lo que el especialista en política tailandesa Duncan McCargo ha denominado “red monárquica”, cuyo centro decisorio es el Consejo Privado del Rey dirigido por el influyente ex general y ex primer ministro Prem Tinsulanonda.

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